Han pasado diez años desde que Dying Light sorprendió a la industria al transformar el género zombie —o “infectados”, como se les conoce dentro del juego—, alejándose de la fórmula tradicional de “disparar y correr” para apostar por una experiencia más seria, brutal y dinámica, mezclando parkour en primera persona, exploración en un mundo abierto y la constante amenaza de infectados, elementos que con el tiempo se convirtieron en su sello distintivo.
A lo largo del tiempo, la saga ha evolucionado, ampliando sus mundos abiertos, incorporando vehículos para explorarlos y perfeccionando su característico sistema de ciclo día-noche, donde la oscuridad hace que los infectados sean aún más letales y peligrosos. Ahora, de la mano de Techland, la saga continúa con Dying Light: The Beast, entrega que busca llevar esa fórmula al siguiente nivel, con un título aún más ambicioso, desafiante y sangrienta.
Antes de empezar esta reseña, debo confesar que es mi primer acercamiento a esta brutal saga, y quizá eso, me permita observarla con ojos frescos. Así que, con esto aclarado, aquí en La Vida es un Videojuego te contaré todos los detalles que encontré en su versión para PS5, un título que promete acción, parkour y una tensión constante.

El conejillo de indias
Techland ha confirmado que la historia de Dying Light: The Beast se desarrolla justo después de los eventos de Dying Light 2: Stay Human. En un inicio, este proyecto no estaba pensado como una secuela, sino como un DLC destinado a expandir el trasfondo del virus y sus efectos en nuevos sujetos experimentales. Sin embargo, conforme el equipo de desarrollo profundizó en las ideas, el concepto creció tanto que terminó convirtiéndose en una entrega completa: una secuela en toda regla.
En esta nueva entrega retomamos la historia de Kyle Crane, quien al final de The Following se sacrifica al exponerse al virus, convirtiéndose en un Volatile, una de las criaturas más letales del universo del juego. Pero, con una diferencia crucial: Crane logra conservar parte de su conciencia humana, lo que lo convierte en un ser único y sumamente peligroso.
La trama arranca con la GRE (Global Relief Effort), aquella supuesta organización humanitaria que en realidad oculta oscuros intereses, ahora bajo el control del desalmado Barón, quien utiliza los recursos de la GRE para sus propios fines. Tras capturar a Crane, la organización lo convierte en un auténtico conejillo de indias, en donde durante 13 años lo someten a brutales experimentos genéticos que exploran la fusión entre humano y monstruo.

Sin embargo, todo cambia cuando, en medio de los preparativos para una nueva operación, algo sale mal y permite que Crane libere su poder volátil en un estallido de furia, destruyendo el sistema de contención y logrando escapar. Esta secuencia inicial sirve como tutorial para que el jugador se adapte al control del protagonista y a sus nuevas habilidades, dándote una pequeña idea de la tensión y la adrenalina que vivirás en el juego.
Ya en libertad, Crane recibe una inesperada transmisión de radio de Olivia, un misterioso personaje que será clave a lo largo de la historia. Ella no solo lo guía en su huida, sino que también se convierte en un pilar fundamental para desentrañar los secretos que rodean a su transformación y los oscuros planes del Barón.
Además, Olivia te orientará para localizar a las Quimeras, criaturas mutantes creadas a partir de los experimentos genéticos de la GRE. Estos enemigos no solo representan un reto formidable, sino que funcionan como jefes en momentos clave del juego, otorgando nuevas habilidades para el modo bestia una vez derrotados.
¿Y cómo sé tanto si es el primer juego que tengo en las manos de la saga? pues porque el menú inicial cuenta con un resumen narrativo para que puedas ponerte al día, lo que se me hizo un detalle muy bueno para jugadores, como yo, que entran por primera vez a este mundo postapocalíptico.

Tensión en cada rincón
Tras escapar del cautiverio, el juego te presenta un mundo amplio, impredecible y hostil, donde pronto descubres una verdad incómoda: en ningún lugar estás completamente a salvo. Y esa sensación de vulnerabilidad constante es, quizá, uno de los mayores aciertos de Dying Light: The Beast.
Cada misión implica recorrer largas distancias; el simple hecho de planear y recorrer una ruta se convierte en un ejercicio de estrategia y supervivencia. Tienes que pensar dos veces antes de lanzarte al mundo abierto, analizar la posición del sol o decidir si vale la pena correr ese riesgo. Nunca te sientes cómodo ni relajado y esa tensión permanente se convierte en parte esencial de la experiencia.
Claro que no todo es caos absoluto. A lo largo del mapa encontrarás zonas seguras, que van desde cabañas improvisadas hasta torres de vigilancia y camiones abandonados. Estos refugios son vitales para descansar y reponer energía, reorganizar recursos y replantear tu estrategia, aunque desbloquearlos no siempre es sencillo. Primero tendrás que localizarlos y en algunos casos limpiarlos de infectados, lo que convierte cada punto seguro en una pequeña victoria que alivia esa tensión, al menos por un rato.

La noche de los muertos vivientes
Como mencioné al inicio de esta reseña, la saga Dying Light ha perfeccionado con los años su fórmula de supervivencia y en The Beast encontramos la mejor versión hasta ahora. Uno de sus mayores aciertos es, sin duda, la mecánica del ciclo de día y noche, que transforma por completo la forma de jugar y marca la diferencia entre cazar o ser cazado.
El juego comienza bajo la luz del sol, cuando los peligros parecen más manejables y el parkour fluye con cierta libertad, ya que hasta en los techos te puedes encontrar infectados. Pero al caer la noche el tono cambia radicalmente: todo es más difícil, peligroso e inseguro, la oscuridad envuelve todo y la sensación de vulnerabilidad se multiplica.
Tu única aliada es la linterna, indispensable para explorar cuevas o edificios abandonados, aunque su luz puede delatar tu posición ante los enemigos. Es justo ahí cuando el Survivor Sense se vuelve esencial: una habilidad que te permite detectar objetos valiosos, suministros y, sobre todo, rastrear la presencia de los Volátiles, esas criaturas que solo emergen en la noche y que representan el mayor peligro del juego.
Los Volátiles no son simples infectados: son rápidos, despiadados y letales. Si te topas con uno, lo más sensato es correr o buscar una zona segura antes de que te detecten. Enfrentarlos directamente suele ser un suicidio y cada segundo a oscuras se siente como una cuenta regresiva hacia la muerte, la buena noticia es que al amanecer correrán a zonas oscuras y si te los llegases a encontrar en cuevas o algún rincón oscuro, estos no son tan agresivos.
Pero los monstruos no son tu único problema; mientras lidias con los infectados, también deberás enfrentarte al ejército del Barón, una facción humana tan peligrosa como organizada. Armados con hachas, mazos y armas de fuego, estos enemigos no solo te superan en número, además son más inteligentes que los infectados. Ganarles requiere estrategia, paciencia y precisión, pues cada enfrentamiento puede ser el último.

Desata a la bestia
Pero no te preocupes, Dying Light: The Beast no te deja indefenso ante la horda. Desde el inicio, el juego pone en tus manos todas las herramientas necesarias para sobrevivir y, de paso, disfrutar cada enfrentamiento con buenas cantidades de sangre.
Kyle Crane cuenta con un árbol de habilidades dividido en distintas ramas que evolucionan conforme ganas experiencia. Puedes mejorar tus capacidades de parkour, evasión, sigilo y combate, así como perfeccionar el modo Bestia, una transformación temporal en la que Crane libera su naturaleza más salvaje, convirtiéndose en una criatura casi indestructible con ataques devastadores. Activar este poder requiere llenar la barra de bestia, una barra que se carga al enfrentarte a enemigos o completar misiones y que se convierte en una oportunidad para poder vencer a hordas de enemigos y jefes.
El arsenal de armas del juego es tan variado como brutal. Encontrarás tubos, hachas, mazos, pistolas, metralletas, granadas, bombas molotov y más, en donde la resistencia variable de los gatillos del DualSense, transmite la fuerza del arma que empuñas, cada una con su propio peso, además las vibraciones hápticas intensifican cada golpe o disparo, que te hacen sentir los impactos.
Las armas cuerpo a cuerpo se degradan con el uso, aunque pueden repararse un número limitado de veces, mientras que las de fuego dependen de municiones escasas. Esto te obliga a pensar con cabeza fría antes de atacar: aquí la improvisación no es tan buena opción, especialmente si te hace desperdiciar munición.
Y cuando el terreno lo permite, los vehículos regresan con más protagonismo que nunca. Las camionetas blindadas, son esenciales para recorrer grandes distancias o abrirte paso entre hordas, aunque también consumen combustible y requieren reparaciones constantes, lo que añade más tensión al momento de usar alguno de estos vehículos.

Sonidos del apocalipsis
La composición musical corre a cargo del talentoso Olivier Derivière, quien este mismo año también trabajó en South of Midnight. Su trabajo en Dying Light: The Beast está repleto de atmósferas inquietantes que elevan la tensión, el terror y la acción en cada escenario. La música acompaña perfectamente los cambios de ritmo del juego: es sutil cuando exploras, caótica cuando te persiguen y casi cinematográfica en los momentos clave.
Pero no solo la música brilla: el diseño de sonido es otro de los grandes aciertos. Jugar con audífonos multiplica la inmersión —la tensión y el estrés—, ya que cada gruñido, susurro o paso de un infectado cercano hace que sientas su presencia incluso antes de verlo. Esa mezcla de incomodidad y utilidad convierte al sonido en una herramienta de supervivencia, porque no solo te asusta, también te advierte del peligro.
En conjunto, la música y el sonido no solo acompañan la acción, sino que refuerzan la sensación de vulnerabilidad que define al juego, aumentando la inmersión en el juego.

Belleza dentro del caos
En cuanto al rendimiento, Dying Light: The Beast corre muy bien en una PS5 estándar, ofreciendo una experiencia fluida y visualmente impresionante. Sin embargo, hay un par de detalles que conviene mencionar: los tiempos de carga inicial son algo largos y volver al último punto de control tras morir también puede sentirse lento, especialmente en una generación que prometió tiempos de carga nulos. Durante mis sesiones de juego, la PS5 trabajó al máximo de su capacidad, llegando incluso a suspender el juego varias veces para enfriarse; no sé si esto sucede en todas las consolas, pero fue algo que llamó mi atención y que no me había pasado tantas veces en una sola sesión de juego.
En cuanto a los gráficos, no hay mucho que criticar. El juego luce espectacular: texturas detalladas, infectados bien animados, follaje realista, sombras profundas y un mundo nocturno que resalta la atmósfera de terror y tensión de manera excepcional. Sería atrevido señalar algo negativo en este apartado, porque realmente Dying Light: The Beast se ve muy bien.

El arte de sobrevivir
Como es costumbre en los juegos de mundo abierto, Dying Light: The Beast ofrece una amplia variedad de misiones principales y secundarias. La diferencia es que estas misiones son muy diversas entre sí, evitando la sensación de repetición y que combinadas con la constante vulnerabilidad del jugador crean un combo perfecto que te mantiene pegado al juego por horas.
La dificultad es otro punto a favor: antes de comenzar, puedes elegir entre tres niveles y cambiarlos en cualquier momento. Esto permite que tanto jugadores novatos como veteranos disfruten de la experiencia, aunque en dificultades bajas la amenaza de los infectados se mantiene y no elimina totalmente el reto del juego: no importa cuánto intentes pasar de largo, los enemigos están en cada rincón y siempre acabarás recibiendo daño de alguno.
No obstante, el título no es perfecto. Durante mis casi 20 horas jugando me encontré con algunos infectados que no reaccionaban incluso parándome enfrente de ellos. También, en una misión principal, los enemigos que eliminaba, no se registraban como bajas, bloqueando el progreso de la misión. En mi intento por saber qué pasaba, supuse que, si moría, este error se corregiría, llegando a repetir la misión 3 veces de diferente forma, sin obtener resultados, optando finalmente por reiniciar el juego, pasar de nuevo la parte de la misión y listo, ya no se trabó, solo me pasó una vez, pero sí fue un poco frustrante el tiempo que perdí en esa zona sin saber cómo solucionarlo.
Por último, el uso de vehículos puede resultar un poco confuso al principio, pero Dying Light: The Beast incluye en el menú de opciones poder desactivar el movimiento brusco de la cámara, ayudando a los que padecemos de vértigo, evitando marearnos al momento de conducir.

La luz al final del túnel
Si eres seguidor de esta brutal saga, Dying Light: The Beast te hará vibrar de principio a fin. Y si, como en mi caso, es tu primer acercamiento, descubrirás un juego sólido que arriesga, innova y casi siempre acierta. Cada momento te mantiene al filo del asiento: no hay respiro, cada misión y encuentro con los infectados está cargado de tensión, adrenalina y diversión.
El juego es variado, con misiones, mecánicas y escenarios que logran mantenerte enganchado durante horas, sobre todo para poder descubrir los tres finales disponibles. Aunque no pude probar el modo multijugador, si este llega a mantener la calidad y el ritmo de la campaña, seguramente será una experiencia online que vale la pena explorar.
Por todo esto, el buen Pixo le otorga un 9, recomendándote que le des una oportunidad a esta obra en primera persona que combina acción, terror y parkour en un vasto mundo apocalíptico.

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Joselo Calderón te dice, Somos accidentes, esperando a suceder.