Harold Halibut, una búsqueda de sentido y de razones

Hace poco tuve la oportunidad de reseñar uno de esos videojuegos que consiguen destacar entre la cantidad ingente de títulos que salen cada mes y año tras año. Unos lo hacen porque ofrecen mecánicas diferentes, otros por gráficos impolutos y finalmente, están aquellos que deslumbran por poseer historias atrapantes. Pues Harold Halibut logra tomar un poco de cada apartado, pero desde una perspectiva más artística; su jugabilidad está centrada en llevar la trama de forma sencilla, sus gráficos son bellísimos, siendo un juego realizado en stop-motion y su trama es la historia de todos aquellos que no han encontrado un lugar, un propósito. Por lo tanto, y como de costumbre, empezaré a relacionar apartados de la trama de Harold Halibut, con la vida real, para recordarnos que La Vida es un Videojuego.

Rumbo a ninguna parte

Empezaré primero por establecer el contexto histórico en el que se desarrolla este título. Así bien, Harold Halibut transcurre varios siglos en el futuro, a bordo de una nave (Fedora I) que por un siniestro terminó en el fondo de un océano alienígena. ¿Pero qué los llevó a ese punto? Pues todo se remonta a los años 70 del siglo XX, cuando la humanidad estaba inmersa en la Guerra Fría y las personas vivían con el miedo constante de que en algún punto alguna de las grandes potencias oprimiera el botón rojo y destruyera absolutamente todo. Este temor llevó a que varios científicos y multimillonarios financiaran un proyecto en el cual pudieran construir un arca para viajar a través del espacio, buscando un nuevo mundo, con la certeza de que los seres humanos causarían la destrucción total de la Tierra.

Ya han pasado cinco generaciones desde que la tripulación del Fedora I escapara de la locura impuesta por los gobiernos y es aquí en donde este título empieza a acercarse a la realidad, porque hemos sido testigos de cómo los multimillonarios se desentienden del mundo, alejándose de la civilización mientras esta se sumerge en el caos. Un ejemplo claro es la pandemia, en donde era común ver noticias de fiestas clandestinas auspiciadas por celebridades, o varias sobre estas personas escapando de la urbe para vivir plácidamente la pandemia mientras el mundo se volvía un manojo de nervios y muerte. De hecho, recuerdo una frase en esta época que denotaba que, si nuestra mayor preocupación en estos tiempos fue no aburrirnos, fuimos demasiado privilegiados, y así es; en un país como Colombia, donde la informalidad mueve la economía de la mayoría de paisanos, el encierro era una condena de muerte, pues si no podías trabajar, no podías comer.

A saber, CNN hacía un reportaje de búnkeres para millonarios, cuya demanda empezó a aumentar por el posible riesgo de un apocalipsis (el cine de zombis y una pandemia ayudaron a que esta aumentara), en donde podrán asentarse miles de personas por más de un año en caso de que algo aterrador ocurra. Estos lugares estarán equipados con todas las comodidades de una ciudad pequeña, incluyendo escuelas, teatros, jardines hidropónicos, hospitales, spas, restaurantes y todo lo que les permita a los ricos olvidarse del mundo durante un buen tiempo.

De forma paralela, los ancestros de la tripulación del Fedora I no abandonaron la tierra por las ansias de exploración científica y avances tecnológicos (no todos), sino por una falta inmensa de empatía, una desidia propia de aquellos que llevan generaciones desangrando a obreros, trabajadores y demás asalariados, prescindibles dentro del sistema. En consecuencia, el mismo Harold se molesta con su situación; debe tomar una decisión que le fue legada, está obligado a vivir encerrado en unos pocos metros cuadrados porque a alguien en el pasado se le ocurrió abandonar la Tierra, a sabiendas que todos esos recursos se pudieron haber destinado para hacer del planeta un mejor lugar.

La soledad y el vacío

Otra de las temáticas que puede observarse en Harold Halibut se ve en su propio protagonista, el cual es lo opuesto a cómo debe ser un héroe: no es fuerte, ni atlético, ni inteligente, por el contrario, es sumamente distraído y frecuentemente imprudente. Pero, a su favor podemos hallar una empatía sin precedentes; Harold es una persona que sabe escuchar y siempre está dispuesto ayudar, esto lleva a que casi todos los tripulantes disfruten de su compañía o empiecen a tomarle cariño con el paso del tiempo.

Los pecines ven la vida de una forma epicúrea, en donde se percibe la misma de una forma más práctica, en una constante búsqueda de placer y evitación del dolor.

Y es que cada alma dentro del Fedora I podrá percibir esta virtud única de Harold, confiándole secretos, problemas y tristezas. Por ejemplo, Zoya, el inexperto capitán de la nave, tiene una fuerte crisis existencial cuando descubre que todo ese largo viaje podría haber sido en vano al conocer la suerte actual de los humanos en el planeta Tierra, su propósito se pierde en este punto al no sentirse útil. Posteriormente, la situación cambia radicalmente cuando inesperadamente debe asumir de nuevo su rol de capitán, a sabiendas de que se siente a la sombra de su padre (el capitán anterior) y que debe llenar las expectativas de toda la tripulación. No obstante, es la intervención de Harold la que le trae sosiego a Zoya, permitiéndole seguir con su misión.

Además, llega a llevarse bien hasta con los niños, niñas y adolescentes de la nave, como si de un Alexei Karamázov se tratara, quienes lo vuelven un miembro más de sus operaciones, las cuales de forma asombrosa se convierten en una referencia a Momo, un libro de Michael End, en donde los infantes se enfrentan a los Hombres de Gris, que procuran robarle el tiempo a los adultos; sucede de forma parecida en el videojuego, debido a que la CEO de All Water Corp., la compañía privada a cargo de las operaciones dentro del Fedora, ha empezado a robarse el tiempo y son los niños y niñas quienes la descubren, ideando una misión para hacer caer la conspiración de All Water, mientras de fondo suena Bella Ciao, un himno de resistencia antifascista.

También está Buddy, otro de esos personajes entrañables, que envejecieron junto aquellos que vieron caer al Fedora a lo profundo del océano, pero que a través de su oficio (cartero) pudo conectar con todas las personas de la nave; esto hace que se vea a sí mismo en Harold, es por eso que lo convierte en su amigo y sucesor, pues es a través de esas cartas antiguas sin entregar que muchos consiguen reconciliarse con su pasado.

Sin embargo, ser una persona con esta capacidad única para entender y ayudar a otros tiene un problema subsecuente, las personas empáticas se convierten en una hoguera en la que todo el mundo se calienta, pero nadie deja leña, entonces cuando la llama se ha hecho débil y la tristeza se cierne sobre sus cabezas, no hay quien logre percibirla. No hay quien logre encontrarnos.

A pesar de ello, el final de Harold Halibut es esperanzador (y algo psicodélico), llevando a que nuestro héroe busque su propio camino y tome una decisión que lo aleja de todos, pero por vez primera lo acerque a sí mismo, a su querer y a su sentir. Una decisión que seguramente todos tengamos que tomar en algún momento de nuestra vida.

Harold frecuentemente será perseguido por el sentimiento de ser prescindible, de que sus acciones podrían ser realizadas por alguien más sin ningún cambio aparente.

Y hasta aquí la nota, hecha de nuevo por alguien que gran parte de su vida se ha sentido como un Harold Halibut. Ya no tengo mucho más que decir, gracias por llegar hasta aquí, recuerda que «no somos islas» y que La Vida es un Videojuego, uno que la mayor parte del tiempo es espantoso y deprimente, pero con varias escenas que vale la pena vivir.

Calachoowie te dice, see you space cowboy…

2 thoughts on “Harold Halibut, una búsqueda de sentido y de razones

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  1. Me encanta la forma como está escrita la nota, cómo nos lleva a través de la historia y hace la comparación con la realidad.
    Es muy emocionante leer este contenido, gracias al escritor por compartir su saber

¡Nos encantaría saber qué piensas! Deja un comentario.

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