Opinión Vida Gamer

Visitamos el Museo de Videojuegos en Berlín

Hace un tiempo me embarque en una aventura con mi primo. La misión: visitar Europa durante un mes. El objetivo: pasarla como nunca y conocer lo que hay más allá de Melgar y Girardot (pueblos cercanos a Bogotá). Pero lo que nunca pensé, cuando me subí al avión que nos llevaría rumbo a Madrid, era que en medio del viaje iba a visitar uno de los mejores lugares del mundo para un gamer, el Computerspiele Museum o Museo de los Videojuegos, en criollo.

Después de haber pasado por España, Portugal e Italia (chicaneando un poco), llegó el turno de Alemania, específicamente Berlín. Tenía muchas ansias de conocer esta ciudad, llena de historia, rodeada por partes del muro derrumbado en 1989 y con una cultura totalmente diferente. Así pasamos dos días, yendo a los lugares tradicionales y probando la pola y la salchicha alemana. Todo pintaba perfecto. Pero apareció en el mapa un lugar impensado, del que no sabía de su existencia y que debía visitar sí o sí.

Fue un viernes. Nos levantamos temprano para un viajero común en verano, las 11 a.m. Buscamos con mi primo en Google Maps como llegar y junto a un amigo que conocimos en el hostal arrancamos para el Museo. Tenía el hype a mil.

Al bajarnos de la estación del metro llegamos de una. Un edificio sobrio, gris y con un pequeño letrero a fuera que ninguno entendió (el alemán no era nuestro fuerte). Entramos y nos recibió un Link gigante en unas escaleras al fondo, al frente un mostrador con dos personas y después un pasillo corto con varios suvenires de videjuegos. Eran las puertas del cielo. Pagamos nueve euros y con eso teníamos acceso a todo el museo durante TODO el día… ¡TODO! Podíamos salir y volver. Las nubes las sentía en los pies.

Después del mostrador y al lado de las escaleras seguían dos entradas. Tomamos la de la izquierda, aunque después ambas se conectaban. Cuando di el primer paso al frente encontré la historia de este amor. Consolas antiguas y todas jugables. Niños de siete años jugando con consolas de hace décadas… GameCub, Atari 2600, Atari Jaguar, Nintendo 64, PlayStation One… Una lista larga, que estaba reducida en una sola sala. Después de un vistazo general y miles de fotos, corrí a los niños de siete años de su sitio y tomé los controles. Era mi turno. Unas partidas rápidas y a seguir el tour. Esto hasta ahora estaba empezando.

A la salida de esta sala, que conectaba con la otra, encontramos una máquina de baile que se jugaba moviendo una bola. Con mi compañero de hostal nos pusimos los audífonos y el reto era seguir los patrones con música japonesa de fondo. Al inicio todo iba lento y estaba siendo aburridor, pero de un momento a otro empezaron a salir miles de flechas y la pobre la bola, que servía de mando, tuvo que aguantar nuestra falta de coordinación. Terminamos la partida y me giré, detrás una Tom Rider con sus senos poligonosos y junto a ella una versión más actual.

Unos pasos más allá estaba una segunda sala, aquí el nivel retro subió… ¡Una Pong original! (o eso parecía). Mientras unas personas terminaban de jugar usamos otra máquina similar al Pong, pero era de a cuatro jugadores. Mi primo, mi amigo y yo iniciamos, luego un niño alemán se nos unió y arrancamos. Era una locura, la pelota era impredecible, se movía rápido y perder era tan humillante como tratar seguirla.

Pasamos al cuarto que estaba al lado y una luz roja se adueñó de nuestra visión. Cuatro máquinas árcades, autos, volibol, motos… esos juegos que te sueles encontrar antes de entrar al cine, solo que en alemán.

Salimos de ambas salas y la Pong aún estaba ocupada. De ahí encontramos la parte histórica del museo, una pared con las fotos de los personajes más importantes de la historia de esta industria y al lado unas repisas con decenas de consolas, expuestas como si fueran obras de arte (¿luego no los son?). Allí me tomé mi tiempo, me dejaron solo y empecé a caminar por este pasillo cargado de bits históricos. Pasaba de una a otra. Solo miraba porque todo estaba en alemán e inglés y entendía poco. Pero no importaba, solo quería sentir todo lo que ha tenido que pasar para que yo pueda sentarme a disfrutar al frente de mi PS4 y por qué tomarme el tiempo de escribir estas líneas iba a ser tan importante.

Vista la evolución de los videojuegos y descubrir consolas que jamás había visto, era momento de volver al juego. Terminé el pasillo de historia y me encontré con el lugar más retro de todos. Una sala árcade tipo años 80, como si estuviera en una escena de Stranger Things. Donkey Kong, Frog. Space Invaders y un Pacman original, de esos que se juega sentado, las máquinas que estaban en ese cuarto son las que han marcado la vida de muchos, como la mía o la tuya que estás leyendo. No lo podía creer. Duramos ahí algo más de 30 minutos hasta que probamos todas las ‘maquinitas’.

Dejamos esa sala y aún quedaba más. Pero ya teníamos hambre y salimos a comer algo (entra cartel diciendo: ‘Estamos almorzando, volvemos en unos minutos’).

En la parte final del Museo encontramos un mando gigante de la NES y al lado el descubrimiento más fascinante: Una Pong con unos botones adicionales que parecían estar fuera de las funciones del juego. Al lado de la maquina había un letrero en el que nos pedían que debíamos ser mayores de edad y pedir permiso al administrador para poder jugar. Eso nos causó más intriga y fuimos de inmediato a solicitar la autorización. Al rato volvió alguien con una planilla y pusimos nuestros datos dando el permiso que estamos dispuestos a soportar lo que venía. Todo esto agregó más tensión… ¡Ya era hora de jugar!

Bien. La máquina era para dos, un 1 vs 1. La pantalla estaba de forma horizontal. El mando para mover la línea que evitaba que nos marcaran goles estaba en la mano derecha y en la izquierda, el sufrimiento. La otra mano debíamos ponerla sobre una rejilla y espichando unos botones. Además, había una especie de pitillo a un costado. El juego arrancó, nadie sabía que iba a pasar. Mi primo me marcó el primer gol y nada sucedió, todo normal. Pero empezaron aparecer una especie de poderes en el campo de juego: uno de electricidad, otro de calor y uno más de golpe. Aquí empezó lo bueno. Cada gol que anotado significaba una tortura para el rival: las rejillas botaban mucho calor, los botones electricidad y el pitillo golpeaba repetidamente la mano. Una tortura muy divertida. Este juego no se trataba de marcar goles, sino de soportar los castigos la mayor cantidad de tiempo y perdía el que quitara la mano. ¿Quién se inventó esta maravilla?

Debo admitirlo, aguanté poco en este juego. Los golpes eran muy fuertes y la primera reacción siempre era quitar la mano. Pero lo peor era la tensión que agregaba la adrenalina al juego, saber que perder era un castigo y que marcando goles íbamos a ver sufrir al que estaba al frente (eso si era satisfactorio).

Terminamos ahí y caminamos un rato más por el museo, probando otras consolas más humanas. Como una de bicicleta, en el que teníamos un auto de carreras y dando pedal era que aceleramos. Así fue acabado nuestro día. Había estado en uno de los mejores lugares del mundo. Pero la manera triste de terminar esta historia es contándoles que, aunque tomé miles de fotos todas se quedaron en Berlín, perdí mi celular al día siguiente… ¡Good game!

*Posdata: Las fotos que quedaron son las únicas que rescate de mi cuenta de Instagram.

¡@Jdrios7, good game!

¡Nos encantaría saber qué piensas! Deja un comentario.

A %d blogueros les gusta esto: